Solo el pueblo salva al pueblo

Vivimos una profunda crisis sistémica, de carácter civilizatoria. De ausencia ética en el comportamiento de los sujetos políticos sociales, producto del individualismo extremo; cultura que deviene del liberalismo clásico, de las sociedades jerárquicas del patronazgo, del orden patriarcal, clasista y racista. Orden ideológico basado en el egoísmo como conducta humana motora de la economía capitalista. Que sostiene el progreso individual, materialista, del consumismo, convocando a la competencia, de todos contra todos, en un Mercado donde todo es comercializable. Del paradigma de los vencedores, de ser ganador por sobre todas las cosas, cuyo fin justifica los medios. He aquí, el principio de la corrupción política sistémica que nos sumerge en una profunda crisis ética.

La crisis de ética política alimenta y se retroalimenta de la crisis moral en la sociedad. La “ceguera moral”, como expresara Zygmunt Bauman,  es de tal dimensión que pone en peligro la vida misma en el mundo. Como toda crisis es una oportunidad de salida; y solo será posible desde la política. La política resuelve la vida de todos y todas, para bien o para mal. La cuestión histórica de ¿Quiénes son los que resuelven? Nos lleva, en nuestro tiempo, a la confrontación entre los sujetos políticos sociales surgidos de las dos tradiciones republicanas: la democrática y la oligárquica. La revolución francesa sintetizó con su famosa consigna de “Libertad, igualdad y fraternidad” los objetivos políticos que unificaron a la ciudadanía contra la monarquía. La burguesía, liberal individualista, vencedora en la revolución, asumió la libertad como principio político rector de la vida socioeconómica. Y la plebe, los sujetos populares, trabajadores del colectivo social comunitario, asumió la igualdad de derechos como principio supremo de la construcción social. Resulta imprescindible recuperar la identidad del republicanismo democrático expresada en aquella triada revolucionaria, la Fraternidad.

No es casual que en el sistema capitalista conducido ideológicamente por el liberalismo, del egoísmo individualista, la Fraternidad haya sido olvidada o eclipsada como sostenía el filósofo Antoni Domènech.  Es que la fraternidad remite a la construcción de la hermandad social, del sujeto solidario capaz de asumir la realización de ambos objetivos naturalmente, sin contradicciones. Su sentido es profundamente filosófico; y la primera en utilizar metafóricamente la Fraternidad, fue Aspasia, dirigente del partido democrático de los pobres (thetes), al decir que los ciudadanos de la República democrática de Atenas “son todos hermanos nacidos de una misma madre”.

Una sociedad de sujetos fraternos confronta totalmente con la sociedad patriarcal, liberal individualista, de la civilización en crisis. Así se expresó durante nuestra lucha contra el proyecto neoliberal de dominación, ALCA. Allí comprendimos la lucha histórica de los pueblos en América Latina. La confrontación entre las clases dominantes (conquistadores-colonizadores) y las clases sometidas (trabajadores-pueblos indígenas), entre las oligarquías unitarias y las fuerzas populares federales. Decidimos, entonces, enfrentar el ALCA, asumiendo el camino de liberación de los pueblos, y logramos derrotarlo, a partir de un proceso de democratización profunda, generando una Alianza de movimientos sociales de todo el continente; con los cuales confluimos en la III Cumbre de los pueblos de América (Mar del Plata 3 y 4/11/2005).

Este movimiento político social continental comenzó el primero de enero de 1994, con el grito zapatista que nos alertó desde Chiapas- México, del proyecto de nueva colonización contenidos en los Tratados de libre comercio impulsado por los EEUU. Los pueblos originarios de la selva Lacandona se levantaron en armas aquel día, para defender su territorio, su vida, ante el acuerdo del TLCAN (Tratado de libre comercio del Norte) entre EEUU, Canadá y México. Miles de indígenas cubrían sus rostros para ser visibilizados, escuchados y respetados, como pueblos. Su vocero lo expresaba con determinación, “soy el subcomandante Marcos, porque el Comandante es el pueblo”.

Pronto entendimos que no trataba de una rebelión espontánea sino de un proceso revolucionario democrático, que durante diez años, fueron construyendo en asambleas comunitarias. Aún hoy se mantiene la resistencia zapatista indígena en territorio chiapaneco, a la espera del cumplimiento del Acuerdo de San Andrés logrado por su lucha en 1996. Su vigencia se encuentra en su fortaleza democrática. Sus Juntas de Buen Gobierno regionales siguen funcionando, haciendo realidad el autogobierno popular. Sus espacios de consenso democrático desarrollados en Asamblea comunales, donde definen sus políticas y eligen los Consejos Autónomos, conducción colectiva de las comunidades constituidas en territorio rebelde indígena de Chiapas. Los zapatista definen sencillamente su sistema, el pueblo manda, el gobierno obedece.

La irrupción política de los pueblos indígenas zapatistas nos reencontró, en nuestra región sudamericana, con los pueblos originarios, de la región andina y los amazónicos guaraníes. La identidad cultural democrática de los guaraníes hizo posible la realización de una experiencia política, social y económica diferente en los tiempos de la colonización de América. Con los 30 pueblos guaraníes de las misiones jesuitas; donde, la conducción política era colectiva, con Cabildos indígenas y también, en la economía con la “comunidad de Bienes”. La cultura de hermandad comunitaria, de sujeto fraterno, es natural en los guaraníes; cada guaraní tiene su personalidad, basada en la construcción comunitaria. La palabra “Ogüerojera” contenida en un canto sagrado los define culturalmente. Cuyo significado, dicho por el propio creador, es “yo me creo creando”, que traducido a la acción política de los guaraníes sería, “yo me construyo construyendo la comunidad”. Cada uno, realiza su personalidad en la construcción colectiva, definiendo activamente su identidad cultural comunitaria.

La construcción de la cultura propia nos exige comunicarnos en el colectivo comunitario. Sin comunicación popular es imposible la realización del consenso social. La comunicación no es un servicio externo al desarrollo comunitario; es parte activa de la comunalidad de sus miembros y de su identidad cultural. Contrario es, la imposición de la cultura dominante o aculturación de un pueblo; donde, la clase dominante instrumenta la manipulación de la información, deformando la realidad social a través de sus medios de “comunicación”, puestos al servicio del interés y los beneficios de las oligarquías gobernantes. Con buenas técnicas de manipulación del deseo, fácil de realizar sobre el individualismo consumista, pueden lograr y de hecho, logran conseguir la “aceptación” de una mayoría de la “gente”. Debemos diferenciar la “aceptación social” del “consenso social”. Esto último, solo se logra con participación colectiva popular, en la construcción democrática comunitaria. Desde el principio fraterno de compartir antes que el de competir.

La cultura guaraní es una cultura de la Palabra. Para los guaraníes el valor de la Palabra es el decir de su comunicación, única e irremplazable, de quien lo dice, entre quienes se dicen, de cuando y donde; asumiendo que toda acción colectiva conlleva un pensamiento común consensuado. El comportamiento ético social es Vivir como se habla, un compromiso moral de la comunidad.

La hipocresía política de nuestro tiempo profundiza la crisis. Al igual que en 2001, no se trata, solo de cambiar los representantes, corruptos e ineficientes. Se trata de reconstruir nuestra Identidad popular, de construirnos democráticamente, como sujetos fraternos, venciendo al egoísmo individualista destructivo. Entender que “Solo el pueblo salva el pueblo”. Que la transformación esta en nosotros, en las pequeñas cosas que en comunidad se hacen grandes.  Comprometidos en la convivencia cotidiana, formalizando el “buen vivir” o gozando de “nuestro buen modo de ser”, como dicen nuestros hermanos guaraníes.

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